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El calentamiento global es un asunto ético

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Por Alan AtKisson

"Ética" es una palabra que por lo general no emociona mucho. La misma evoca imágenes de Aristóteles, maestros y audiencias en las que los líderes políticos defienden débilmente su honor después de haber hecho algo absurdo que todos los demás saben que no es correcto.

"Asuntos éticos", como frase, es aún peor. Con frecuencia, los asuntos éticos son precisamente los que preferimos evitar, puesto que los mismos nos obligan a enfrentar la diferencia, a veces turbia, entre hacer el bien y el mal —o porque sabemos que al hacerle frente a los asuntos éticos en general, algunas veces debemos enfrentar las deficiencias éticas de nuestra propia conducta.

Pero el calentamiento global es indiscutiblemente un asunto ético y debemos enfrentarlo como tal. Ello significa formular preguntas difíciles sobre la responsabilidad, la rendición de cuentas y las diferencias entre las acciones —ya sean políticas, económicas o completamente personales— que son correctas en contraposición a las que son erróneas.

Y digo “ético” en vez de “moral”, que es una palabra que recientemente se utiliza con relación al calentamiento global, porque las definiciones de “moral” incluyen una referencia sobre la forma que sentimos con respecto a algo a nivel individual, en vez de lo que acordamos comúnmente. Recuerdo que estaba viendo una audiencia que se efectuó hace poco ante el Senado de los Estados Unidos, en la que un general que se iba a pensionar (y se le estaba interrogando sobre Irak) defendió sus declaraciones públicas sobre que el homosexualismo es inmoral, porque así se lo habían enseñado, “según la forma en que me criaron”. Según esta norma, debido a las creencias y a las reacciones que se aprenden de los padres, se asume una posición moral similar.

El hecho de permitir que el calentamiento global continúe, bien puede ser inmoral, en el sentido de que se considera indecente, especialmente con respecto a las futuras generaciones. Se considera indecente dejarles a nuestros nietos un mundo sin osos polares o sin las Islas Maldivas, un mundo con una mayor inestabilidad geopolítica ocasionada por la inestabilidad climática. Pero el tema del cambio climático es demasiado importante para reducirlo a un simple asunto de juzgamientos individuales sobre la decencia.

En cambio, los asuntos éticos se relacionan más con las acciones que todos, o al menos las personas más razonables, acuerdan que son morales. Generalmente, estos acuerdos revisten la forma de principios, tal como el famoso y ampliamente compartido principio de la regla de oro: No hagas a otros lo que no deseas que te hagan. (En este punto podríamos preguntarnos: ¿Nos hubiera gustado que nuestros abuelos hubiesen iniciado un incendio que lentamente se propagó por el mundo hasta que, durante nuestra época, alcanzó su punto más crítico, por lo que hemos tenido que lidiar con este problema? Esto es lo que será el cambio climático para nuestros descendientes).

En el campo del desarrollo sostenible, la Carta de la Tierra —una declaración de principios éticos fundamentales para guiar el desarrollo hacia un rumbo más justo, sostenible y pacífico— ha surgido como una guía ética esencial. Podría parecer extraño que este documento, ampliamente respaldado, no incluya las frases de “calentamiento global” o “cambio climático”. Ello se debe a que los asuntos éticos relacionados con estos fenómenos son mucho más amplios. Después de todo, el cambio climático es simplemente uno de los síntomas de un problema más profundo. El calentamiento global tampoco es la causa del cambio climático, sino que es simplemente un paso intermedio entre las acciones de los seres humanos (que producen emisiones) y las respuestas de los sistemas dinámicos de la Tierra.

La Carta de la Tierra inicia con inspiradoras y solemnes palabras sobre el reto que enfrentan los seres humanos al vivir en estos tiempos, y finaliza con un llamado a la acción responsable y al compromiso. En el intermedio, la Carta enumera una serie de 16 principios éticos generales y 66 más específicos que respaldan los primeros. Estos principios pueden ayudarnos a realizar una de las tareas esenciales del Siglo XXI: discernir entre las acciones correctas y erróneas en cuanto al cuidado de la naturaleza y el desarrollo de las sociedades humanas.

Los principios con números inferiores son los más generales y anhelables. El principio 4 establece la necesidad de "Asegurar que los frutos y la belleza de la Tierra se preserven para las generaciones presentes y futuras"— y, con ello, sabemos que estamos en problemas. Si permitimos que continúen los procesos que ocasionan el calentamiento del planeta, los frutos y la belleza de la Tierra no estarán seguros.

“Transmitir a las futuras generaciones valores, tradiciones e instituciones, que apoyen la prosperidad a largo plazo, de las comunidades humanas y ecológicas de la Tierra”. Uno espera entrañablemente que los gobiernos del mundo, reunidos en Bali determinen el destino de sus esfuerzos de colaboración para abordar el cambio climático, tomen en serio este principio (4b) y establezcan la institución de un sólido acuerdo, basado en valores compartidos y, en última instancia, adoptado con sinceridad y como una tradición que pueda continuarse por generaciones.

Uno podría detenerse en este punto en la búsqueda de una orientación ética sobre el cambio climático. No obstante, la Carta de la Tierra continúa con 65 principios más y casi todos ellos son relevantes para el reto que representa el calentamiento global y el cambio climático. La "integridad ecológica", la "justicia social y económica", la "democracia, la no violencia y la paz"... el reto del cambio climático es también el reto de fundamentar nuestras decisiones en estos valores centrales, todos de una vez, bajo circunstancias que son cada vez más desafiantes.

Cuando se enfrentan grandes y complejos retos, los principios éticos ofrecen una orientación fundamental, ayudándonos a escoger el rumbo correcto... y a evitar los que no lo son.

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